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    Síntomas de la miseria laboral

    Buscar un sentido a nuestro trabajo puede ser peligroso.

    Lucy Kellaway / Financial Times.

    A diferencia de las familias, cuya infelicidad obedece a distintos factores, los trabajadores insatisfechos suelen tener bastante en común. La primera generalización -aunque dudosa- pertenece a Tolstoy, el novelista por excelencia. La segunda, ligeramente menos confusa, es de un novelista desconocido. De hecho, Patrick Lencioni es un consultor que solamente ha escrito una fábula empresarial titulada Los tres síntomas de un empleo miserable, que -aunque no tiene mérito literario- en Amazon ha superado en ventas a Anna Karenina.

    Según la obra, nos sentimos miserables en el trabajo por tres motivos. El primero es el anonimato -sentir que nadie se percata de nuestra presencia-. El segundo es la falta de valoración -no saber si estamos haciendo bien nuestro trabajo-. El tercero es la irrelevancia -tener la sensación de que, hagamos lo que hagamos, no importa-.

    Lencioni argumenta que estamos en medio de una “epidemia de miseria” que hace que tres cuartas partes de los empleados odien su trabajo. Sin embargo, no está todo perdido. En su opinión, la tristeza es en gran parte culpa de nuestros jefes directos. Si estos se pararan a recordar lo miserables que eran antes de ascender, el problema quedaría solucionado.

    En mi opinión, es difícil afirmar que nuestras desgracias sean tan graves. Como columnista de un consultorio sentimental, suelo ir en busca de gente desdichada, que a veces acude directamente a mí. Incluso de estas últimas personas, sólo la mitad parecen sentirse realmente desgraciadas en su trabajo. Si Lencioni tuviera razón sobre la gravedad de esta desdicha, no creo que haya acertado con los motivos.

    Desazón
    La semana pasada cené con un amigo y pasamos un par de horas hablando del tema. Él ha tenido todo tipo de trabajos y se ha sentido insatisfecho con unos cuantos. Yo también he tenido lo mío, aunque los dos recordamos que nuestro nivel de angustia alcanzó su nivel crítico mucho antes del primer trabajo. La desazón del primer año de carrera es difícil de superar.

    De hecho, las sensaciones que describe Lencioni yo ya tuve ocasión de experimentarlas en Oxford en 1978. Nos sentíamos desgraciados por ser anónimos y porque a nadie le importábamos nada. Tampoco sabíamos si lo estábamos haciéndo bien. Además, intentábamos sin éxito encontrar un sentido a nuestros estudios.

    Después crecimos y dejamos de buscar el significado de las cosas y su valoración, al menos de forma tan exagerada. Cuando por fin encontramos un trabajo, tuvimos la reconfortante sensación de la primera paga, lo que ya da un sentido al trabajo. Buscar un significado más profundo a nuestros empleos es peligroso. Cuanto más buscas, peor. ¿Tiene sentido ser columnista? Claro que no. Pero si a la gente le gusta leer lo que hago y a mí escribir, es más que suficiente.

    En cuanto al anonimato, el simple hecho de tener una nómina significa que alguien sabe que estamos ahí y desconocer si lo estamos haciendo bien, no suele ser un problema. Hay un sinfín de valoraciones que nos informan, a veces con demasiada frencuencia, del resultado de nuestro trabajo.

    En mi opinión, los factores que contribuyen a la insatisfacción del trabajador son más simples: el trabajo, la gente y el entorno. Un empleo puede inducir al descontento por excesivo o demasiado escaso, por monótono, por ser demasiado complejo o demasiado sencillo. La gente puede ser depresiva o incurrir en el exceso de pereza o la falta de motivación. El entorno puede ser sofocante, insalubre y un largo etcétera.

    En cuanto a los jefes, su problema es que ellos mismos son unos desgraciados. Su tarea consiste en hacer que la gente haga su trabajo sin importarles lo que piensen de ellos. Lencioni tiene razón al afirmar que la solución está en cambiar su actitud. Lo difícil es saber cómo conseguirlo. Si tuviera la respuesta, no estaría escribiendo esta columna.

    Tomado de E&E

    November 19, 2007

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